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Tres rosarinos participan del proyecto “Camino en Los Andes”, una arriesgada e inédita aventura Franco, Sebastián y Guillermo son los rosarinos del grupo que se lanzará a los Andes. El misterio y la magia de la montaña ejercen su influencia también en una ciudad enclavada en la llanura como Rosario. Guillermo Heer –de 31 años–, Franco Filippini –25 años–, y Sebastián D’Addario –26 años–, realizarán una expedición llamada “Camino en Los Andes I y II” a mediados de diciembre, cuando unirán a pie los cerros más altos de la cordillera en el noroeste argentino. Los tres rosarinos, que compartirán esta fantástica aventura con escaladores suizos, franceses, escoceses y alemanes, recorrerán una zona que alberga los volcanes más altos del mundo, visitarán estructuras arqueológicas donde hace más de 500 años los Incas realizaban sus ofrendas rituales, y dejarán su huella donde ningún ser humano –probablemente– lo haya hecho jamás. El proyecto está pensado en dos etapas: la primera –formada por ocho expedicionarios– busca unir las cumbres del cerro Bonete Chico (de 6.759 metros sobre el nivel del mar) ubicado al norte de La Rioja, con el volcán Pissis (de 6.882 metros) ubicado en Catamarca. La segunda etapa –retomada esta vez por tres expedicionarios– busca unir las cumbres del Cerro Tres Cruces (de 6.739 metros, ubicado entre Argentina y Chile), con el Cerro Walter Penk (de 6.000 metros) ubicado en Catamarca. Heer, el único rosarino que participará de las dos etapas, cuenta que la idea surgió al conocer el año pasado a Fernando Affentranger, un experimentado montañista suizo: “Después de conocernos decidimos organizar algo significativo y pensamos en recorrer los volcanes y cerros más altos del noroeste de Los Andes”. Affentranger fue el encargado de reclutar a los expedicionarios –de distintos países europeos– quienes no se conocen con los argentinos. “Los expedicionarios de Europa son gente conocida o que ha compartido algún cerro con Fernando, se han ido sumando. Con respecto al idioma nos comunicaremos a través de un inglés básico. Será un desafío porque hay momentos donde hay que tomar decisiones y donde el entenderse es muy importante. Es un escollo a superar”, agregó el profesor de educación física y guía de alta montaña. El riesgo estará presente en cada etapa: el aislamiento, la falta casi total de agua potable, la falta de oxígeno en las grandes alturas, el clima inhóspito y la dificultad que presenta muchas veces el terreno son desafíos que deben ser estudiados cuidadosamente. “El mayor riesgo es el de quedarnos sin agua”, cuenta Sebastián. “El tema del oxígeno no es tanto porque los tres estuvimos a altura y ya sabemos más o menos cómo funcionamos. El tema es calcular el agua porque si te manejás por mapas aparecen muchos deshielos que después no existen. Depende de cómo estuvo la temporada puede ser que estén cargados o no. La idea es cargar bastante cantidad encima y llevar de reserva”, comenta este rescatista, quien cuenta entre sus ascensos al cerro Aconcagua, el más alto de América. El buen funcionamiento grupal es imprescindible en estas expediciones compuestas por miembros de diferentes nacionalidades. Además de la barrera idiomática está la cultural, y el cansancio que puede provocar caminar con 35 kilos de bagaje repartido en la espalda. “Hasta el momento, asumió el rol de líder Fernando porque fue uno de los organizadores, el que juntó gente. Hemos decidido que la formación para hacer todo el trayecto va a ser de células de a dos. De a dos juntamos el equipo básico y de a dos tratamos de compartir las cosas: la carpa, el agua y la comida. Al ser culturas tan diferentes, por ahí las costumbres son distintas, por eso imponer un régimen muchas veces genera conflictos”, remarca Franco, experimentado en rescate y socorrismo. Luego de una etapa de aclimatación –esto es acostumbrar el cuerpo a la escasez de oxígeno– entre el 5 y 12 de diciembre, los expedicionarios partirán rumbo a la aventura el día 15. Y una de las preguntas que surge es: ¿Qué lleva a un rosarino a enamorarse de las montañas?. “El hecho de vivir encerrados entre edificios hace que uno busque escaparse cuando puede. Estar en la montaña es como un compartir con la naturaleza. Yo estuve hace una semana en el (cerro) Champaquí y había algunas banderas que decían: ‘Champa te vencimos’, y yo me reía porque para mí –en particular– la cosa no pasa por ahí, pasa por el hecho de compartir, disfrutar y relajarse en la montaña”, responde Guillermo. “No sé si la montaña es un desafío. Cada uno es una persona individual y las emociones que pasan por dentro son distintas. Es bastante difícil de explicar lo que se siente, pero siempre terminamos volviendo a la montaña”, finaliza Franco, con un tono de voz que no disimula –ni quiere– las expectativas y adrenalina que le generan los ancestrales y mágicos cerros. |